POR PATRICIO FERNANDEZ Y VERÓNICA TORRES
• FOTOS: ALEJANDRO OLIVARES
(Continuación)

¿A qué atribuye su alto nivel de popularidad?
Puede ser una arrogancia hacer una interpretación inmediata sobre los hechos, pero yo diría que tiene varias razones que he percibido. Lo primero, es que siempre me entendí como la Presidenta de todos los chilenos, de los que votaron por mí y de los que no. Segundo, mi opción permanente fue llamar a todas las fuerzas políticas a pensar en el país y no en intereses mezquinos, pequeños, individuales. Lo tercero, la cercanía con la gente, desde la forma de hacer la política hasta la manera de relacionarse personalmente, y lo cuarto, que resume todo lo anterior, fue poner a la gente y sus necesidades en el centro de las preocupaciones. Y siento que eso fue percibido.

La gente la quiere, pero durante sus salidas a terreno también le demostraron sus enojos. Hubo episodios complicados como el de Chiguayante, ¿cómo resolvió esos momentos?
Lo de Chiguayante fue una niña, no fueron 300 personas. Y ella reclamó porque los bomberos me habían saludado y habían parado, momentáneamente, su trabajo en un lugar donde se había caído el cerro sobre sus bomberos y sobre una familia. Y yo le podría hablar de Aysén, de Chaitén, de Villa Santa Lucía, donde una señora se me acercó muy enojada y yo le dije “déjeme contarle” y me dijo “No, vine a desahogarme. No quiero escuchar lo que me quiere decir” y se fue. Ahora, a mi juicio eso viene con el cargo. Y ahora para el terremoto esto es muy importante, porque lo vi focalizado hacia autoridades locales, no conmigo. Cuando uno enfrenta una tragedia brutal, necesita sentir que hay otro responsable para apoyarse y también para culparlo. Y no me refiero a Dios, me refiero a que uno tiene que estar para las buenas y para las malas. Porque no creo en la política de un Presidente, o la política en cualquier nivel, en que a uno le arman un estudio y hace lo que tiene que hacer, todo perfecto, impecable. Creo que el liderazgo se ejerce también frente a situaciones como un terremoto, o como Chaitén, donde hay que jugar el rol de contener el daño afectivo que se ha generado. Entonces, si alguien insulta o eleva el tono, es parte de lo que un liderazgo tiene que asumir. Hay que enfrentar también la rabia, porque eso es parte de la vida de los seres humanos.

Pero hubo un proceso de cambio en la percepción de su gobierno, que partió siendo muy criticado, ¿Cómo fue ese comienzo y en qué momento se empieza a producir el giro?
Desde el inicio busqué darle un carácter a mi gobierno; desde las personas que nombré hasta la manera de hacer las cosas, que tuviera que ver con lo que yo representaba y por lo cual la gente me había elegido, que era una manera determinada de relacionarme con la política y con los ciudadanos. En muchas partes había escuchado “queremos nuevas caras, nuevos rostros, en el fondo, gente como usted, que tenga esa manera de relacionarse con nosotros, porque le creemos”. Y para mí en la política, la credibilidad es un punto central y uno tiene que cuidarla cumpliendo los compromisos. Yo aposté a un gobierno paritario, al trabajo con comisiones, a tener un grupo de asesoras presidenciales para que los proyectos de ley no se trabajaran entre cuatro paredes, con cuatro técnicos, sino que convocáramos a un conjunto de actores involucrados de distintos niveles para pensar en algo tan trascendental como la Reforma Previsional, que pudo estar varios años en el Parlamento, pero en un año la sacamos para los pensionados y dueñas de casa. Esas son maneras de hacer política. Y muchas de las críticas vinieron de la oposición, con la Teoría del Desalojo. No duró nada la luna de miel, pero también esto vino del mundo nuestro, donde sintieron que estas nuevas maneras y nuevos códigos, incluso, este tema de lo ciudadano, fue percibido como una amenaza a la estructura tradicional. Los partidos políticos no compartían con nosotros la idea del mayor empoderamiento ciudadano. Entonces, si bien logramos hacer todo aquello que dependía del gobierno, hubo proyectos de ley que mandamos al Parlamento que no fructificaron y que iban en el mismo espíritu: la ley de participación ciudadana, donde pudiera haber iniciativa popular de ley, con firmas serias, el que hubiéramos podido hacer mucho más los blue papers, o green papers, es decir, que las políticas puedan estar mucho más al acceso de la ciudadanía. En tecnologías modernas hicimos bastante, pero mucho menos de lo que hubiera querido. Y creo que todas esas cosas nos hacen bien como democracia, no ponen en riesgo la institucionalidad básica, pero sí exigen a los partidos políticos tener una red de inserción, una base social mucho mayor de la que hoy existe.

Transar es una parte bien importante de gobernar, ¿qué cosas que no pudo hacer lamenta?
Hay que pensar que ganamos el gobierno con mayoría en Parlamento, pero al cabo de un año perdimos esa mayoría con las separaciones internas de la DC y el PPD. Obviamente, siempre he pensado que el ser mayoría no significa imponer la visión de un sector, sino decir que ésta es nuestra propuesta y acordar los máximos niveles de acuerdo posible. No todo lo que queríamos hacer se pudo, porque no se llegó a acuerdo, como el voto de los chilenos en el exterior, el cambio al sistema binominal, la incorporación de las mujeres más masivamente a la política.

¿Por qué en su gobierno no se habló de aborto?
Porque yo llevé adelante el programa de gobierno y ese programa de gobierno no era el de una persona, Michelle Bachelet, sino el programa de una coalición. Y el programa de gobierno que se hizo fue aquél que pudiera ser aceptado por el conjunto de los partidos y, por lo tanto, eso no estuvo puesto porque no fue aceptado por uno de los partidos.

¿Llegará el día que tengamos la posibilidad de hablarlo seriamente?
Yo creo que debiera debatirse y lo dije como Presidenta, no sólo como ex Presidenta, en la Cumbre Progresista de Viña del Mar. Ahí dije, en la conferencia de prensa, que el tema debía debatirse. ¿Cómo va a ser que no podamos debatir? Ese es uno de los problemas que yo veo: la ausencia de debate. Aquí hay gente que escribe opiniones, opinólogos, pero no hay debate.

¿Que debate echa de menos además del aborto?
Un debate más amplio sobre ética y política, negocios y política, un debate ahora sobre la reconstrucción de Chile y del país que queremos hacia adelante. También sobre el progresismo, que es un tema que me interesa a mí, quizás no a todos.

¿Usted es de izquierda?
Sí.

¿Y eso a estas alturas como lo entiende?
Como lo he entendido siempre: como la capacidad de llevar adelante los sueños y hacer realidad los sueños de la gente. Eso significa que tengo los mismos anhelos de justicia, de solidaridad, que siempre he tenido, pero entendiendo que el mundo ha cambiado, que los instrumentos con los cuales uno puede llevar esos sueños adelante son diferentes. Siempre he dicho que soy una mujer pragmática, aunque años atrás la palabra pragmatismo me daba asco, la consideraba una palabra casi sucia. Me gusta en el sentido de los griegos, de llevar a la realidad los sueños, de avanzar todo lo que se pueda por entregar una mejor calidad de vida a la gente. Eso me parece mucho más útil que hacer un discurso lleno de estridencia, que no lleva a nada.

¿El suyo fue un gobierno de izquierda?
Fue un gobierno progresista que buscó acercar a la gente a mayores niveles de igualdad a toda edad y a toda condición. A mí no me importan los apellidos que le coloquemos a las cosas. Las palabras que me gusta usar a mí son las palabras que puedan realmente incluir. Por eso, siempre hemos dicho que la Concertación es de centro izquierda; de gente un poco más de izquierda, más moderada, pero que todos quieren algo en común. Hay gente que es cristiana y hay gente que no lo es, pero tienen los mismos rasgos: eso que los que no somos religiosos llamamos humanismo.

CUBA

¿Cuál es su posición frente al gobierno cubano?
Nunca he tenido dudas en condenar enérgicamente si es que hay atropellos de los derechos humanos en cualquier país del mundo. Y respecto a Cuba, durante mi gobierno hicimos lo que teníamos que hacer, diferenciando los estamentos, los lugares y los momentos.

¿Es una dictadura la cubana, o no?
Creo que es un gobierno donde hay restricción de libertades civiles y políticas, efectivamente; donde hay un amplio aspecto social en que la gente tiene garantizadas condiciones de educación mejor que en otras democracias. Tienen los más altos indicadores de salud de America Latina, pero hay una restricción importante de libertades civiles y políticas, y esos temas no son temas que yo haya dejado pasar en mi relación con las autoridades. Sólo que hay gente que tiene el rol de las vocerías, de los discursos, de las declaraciones estridentes. Hay otros, como yo he entendido mi rol no sólo con Cuba sino que también con Bolivia cuando tuvo la crisis interna, que creemos en un trabajo serio, silencioso, que vaya en pos de cambiar situaciones que deberían cambiarse. Y con respecto a estos temas, hablé con el presidente Raúl Castro. Hablé sobre la liberación de los presos políticos, fui prudente y firme, pero silenciosa.

Una de las deudas que tiene la izquierda latinoamericana es no haber condenado a tiempo los niveles de atropello y abuso que ha habido en la dictadura cubana. El PS acaba de firmar en contra. Se entienden las deudas históricas, los favores que se hicieron en momentos dolorosos, ¿pero alcanza eso para excusar un país en el que pasan cosas inaceptables?
Yo le decía que creo que los Derechos Humanos si son violados deben condenarse en cualquier parte. Con preocupación, veo que hay ojos cerrados frente a otros lugares donde hay violaciones a los derechos humanos que nadie menciona. Esos dobles estándares tampoco me parecen. Sin embargo, creo que en su comienzo el gobierno del presidente Raúl Castro planteó la opción de abrir espacios de libertad. Sin duda, es algo importante y necesario. Pero no creo en lugares donde desde afuera se hagan las cosas. Creo que son los propios cubanos los que tienen que organizarse y definir el camino que quieren seguir.

Fuente: http://www.theclinic.cl/2010/04/03/entrevista-a-bachelet-2-popularidad-y-gobierno/